La verdad está ahí fuera

Como dice Umberto Eco, “la objetividad consiste en asumir la responsabilidad de no ser objetivos”. Y qué nos quiere decir con ello. Sencillamente, que la objetividad, entendida de forma genérica como actitud ante la vida, es algo que no existe, salvo como zanahoria, salvo como meta inalcanzable pero perseguible. Y en esa línea deben moverse los medios de comunicación. A sabiendas de que es imposible mostrarse objetivos ante todo y ante todos, y por respeto a todos, deben hacer un esfuerzo titánico en no anteponer su visión de la realidad a la realidad en si. Parece mucho pedir, pero es lo que les debemos exigir.

Nuestro sistema democrático necesita de un periodismo de calidad que responda a las necesidades de información veraz que demanda el ciudadano y que la Constitución española le reconoce. Así pues, los medios detentan la enorme responsabilidad de cumplir con estas expectativas y para ello, se articulan entorno a códigos deontológicos que limiten y constriñan la capacidad de invención periodística de la realidad.

Sin embargo, hay demasiados intereses en juego, los de ellos, que hacen que demos por sentado que los medios manipulan. Se da por hecho que tergiversan todo lo que pueden y un poco más. A pesar de todo, yo creo que nuestro periodismo, y me refiero al de calidad, por que estoy convencido de que lo tenemos, no puede permitirse el lujo de manipular la información de forma burda y arbitraria. Quedarían rápidamente en fuera de juego. De vez en cuando, les da por este tipo de aventuras, –véase “El País y su ataque de cuernos con Mediapro” o “El Mundo y sus teorías conspiratorias tras el 11M”–  pero suelen quedar perfectamente retratados, pagando un alto precio en términos de credibilidad, que es el único bien con el que un medio no puede ni debe jugar.

A lo sumo, podrán imprimir ciertos sesgos interesados por medio de las mil y una artimañas de las que disponen, ya sea en forma de titulares intencionados, fotografías con dobles lecturas, jerarquización arbitraria de la información, ocultación más arbitraria de la misma, y un largo etcétera, que desequilibren la balanza, de forma sutil, o no tan sutil, hacia sus legítimos intereses periodísticos, ideológicos o empresariales. Cuestión aparte es la “opinión” que viertan esos medios con respecto a determinados temas. Siempre y cuando se halle expresada con independencia del hecho noticiable en sí, será tan legítima como la de cualquiera.

Pensar en una continua teoría de la conspiración, que nos oculta la realidad de lo que nos rodea, resulta agotador. No creo que exista una mano negra detrás de todo. Entiendo que cada medio ha de ser fiel a una serie de valores y principios que son los que conforman sus cimientos y que pueden identificarse más o menos con determinadas ideologías, pero si ellos tienen claro estas servidumbres, y por supuesto, nosotros también, el manido problema de la objetividad, desaparece.

Y digo desaparece, por que está en nuestras manos, y creo que es nuestro deber como ciudadanos, estar bien informados, y a ser posible, hacerlo por diferentes canales, beber de diferentes fuentes. Es nuestra obligación leer entre líneas, contrastar información, mantener una actitud crítica y formarnos una opinión sólida del mundo que nos rodea. No debemos permitir que las noticias se conviertan en un acto de fe. No podemos dejar exclusivamente en manos de los medios la interpretación de la realidad. Deberíamos ser capaces de construir la nuestra propia.

Y con esta idea, me he enfrentado a la prensa de este fin de semana, intentando descubrir maquinaciones insidiosas. Tomo como referencia el conflicto Garzón-Varela, donde supongo que tiene que haber mucha tela que cortar. (Paréntesis para la lectura atenta y analítica de los diarios El País, El Mundo y Público de los días 24 y 25 de abril).

Bueno, pues unos hablan de “acoso al juez Garzón”, otros de “juez bajo sospecha”. Para unos, el juez Varela “da indicaciones a los querellantes”, para otros “subsana defectos formales” y para otros “asesora a las acusaciones populares”. Resulta evidente que la información se despliega por las páginas de estos diarios, yo diría que de forma sutilmente sesgada. Como es obvio, cada uno barre para casa, pero no me atrevería a decir que de forma que se insulte gravemente nuestra inteligencia. Todo razonablemente sensato. E insisto, me estoy refiriendo a las noticias, y no a los artículos de opinión.

Pero lo importante, es que los hechos están ahí. Y el hecho principal, más allá de la inquinia que a Garzón le tengan otros compañeros de profesión, más allá del mayor o menor grado de torpeza mostrado por el juez para afrontar el tema de la memoria histórica –aunque me da la impresión de que todo lo tiene perfectamente calculado–, como decía, el hecho principal es que toda esta coyuntura pone de manifiesto que España, parece ser, está dispuesta por fin a enfrentarse a sus demonios, y si todo esto continúa, quizás podamos ver en el horizonte esa catarsis, que como país, deberíamos sufrir.

Me imagino que habrá tantas lecturas del tema como intereses haya en juego, pero esa es la grandeza de nuestro modelo de sociedad. Tenemos libertad para buscar, para interpretar, para comparar, para elegir y para rechazar. Se nos brinda la posibilidad de descubrir. No desperdiciemos esta oportunidad. Como decían Mullder y Scully, la verdad está ahí fuera.

Eduardo Cholvis

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