dos pequeños cambios para el sistema

El devenir de cada sistema electoral y de la opinión ciudadana al respecto es complicado de inferir. Ya que la equidad, como la objetividad, son imposibles de alcanzar, podemos entender que hay varios sistemas que se acercan a ella y que de una u otra forma crean gobiernos democráticos cuyas reglas aceptan tanto ciudadanos como políticos. Si copiara directamente otro modelo ya existente sería el alemán, que pese a su complejidad ha demostrado un funcionamiento óptimo aunque sus partidos gobiernen casi siempre en coalición. También es verdad que la cultura política de los alemanes es más cooperativa y permisible mientras que la española es más hostil y conflictiva, por lo que sería más conveniente amoldar el sistema electoral al contexto de cada país.

La corta historia de nuestra democracia contribuye a desconfiar de que las fórmulas ya adoptadas sean válidas de por sí. Lo fueron y mucho en la Transición, pero es necesario estudiar hacia dónde ha llevado éste sistema en el poco tiempo que lleva instaurado.

Fue en la Transición a la democracia cuando España forjó su sistema electoral y se decantó por uno orientado a maximizar la representatividad. La influencia de los nacionalismos y el peso de los distintos partidos nacionales en regiones concretas favoreció la unanimidad en la elección de nuestro sistema y en la aceptación del resultado de las primeras elecciones.

En España actualmente hay una fuerte desfragmentación del voto que afecta a partidos nacionales como I.U. y U.P.D. mientras que los partidos nacionalistas C.I.U. y P.N.V. son fuertes gracias al carácter provincial de las circunscripciones y gracias a la falta de una tradición nacionalista en el resto de comunidades.

Los partidos mayoritarios lo son por el peso e influencia que han ido desarrollando en la carrera democrática. Han tejido su entramado a todos los niveles y han sabido absorber en uno u otro partido a las distintas ideologías de la nación, incluyendo los sectores extremistas.

La proporcionalidad en el sistema electoral español debe mantenerse porque más que buscar un cambio radical, aún se puede retocar el actual para minimizar los inconvenientes.

Todas las autonomías tienen el derecho de formar un partido que defienda su identidad en el Gobierno, pero las únicas con una tradición fuerte en éste sentido han sido siempre catalanes y vascos; y que concurran a las elecciones no es más que una concesión que era inevitable para que la Transición tuviera lugar. Si la representación territorial ya se contempla como un número fijo de diputados, ¿por qué se permite a una división autonómica jugar en la división nacional? P.P. y P.S.O.E. viven llevándose la contraria, así que las decisiones que nos afectan a todos están atadas a los apoyos, la mayoría de las veces decisivos, de los partidos e intereses nacionalistas. La posición desde la que deben ejercer su fuerza los partidos nacionalistas es desde la propia comunidad.

Que el Senado tenga listas abiertas es una concesión trivial que no perjudica al Gobierno electo, no un ejercicio democrático; lo sería que el Senado tuviera más peso. P.P. y P.S.O.E. se benefician de las listas cerradas para tener un ejército común bajo un único mando, y alrededor de eso han montado su estructura jerárquica. La voz y opinión del partido es una, y los trapos sucios se lavan en casa. La lista abierta reflejaría la popularidad de los políticos del partido, de igual manera que muchos indecisos votan por un partido u otro según la popularidad del representante de turno impuesto por el partido.

Aunque si queremos tener voto dentro de los partidos mayoritarios, antes que las listas abiertas sería mejor imitar el modelo uruguayo de la “ley de lemas”, de manera que las corrientes o sub-lemas de cada partido concurren a las elecciones y tienen una representación proporcional según su resultado. Entre sus ventajas se encuentra, pardójicamente, la estabilidad de los partidos políticos, que no tienen otra que respetar las distintas corrientes ideológicas dentro del partido. Así, las minoritarias no se esconderían como sucede aquí, y tampoco se llegaría a la escisión debido a la dependencia que tienen del partido o lema como única vía de tener representación. España no necesita poner en duda la fragmentación de sus partidos, pero sí ampliar la pluralidad de voces y creo que la aplicación de éste sistema aquí sería cuanto menos interesante, aunque utópico.

Que los partidos que concurran a unas elecciones sean nacionales forzaría a la unidad e igualdad entre comunidades, y una lista abierta daría voz a la ciudadanía en detrimento de las imposiciones actuales de los partidos mayoritarios sobre el candidato que presentan.

 

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