La huelga y el papel de los sindicatos

Artículo publicado en elplural.com
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Las huelgas han servido (y siguen teniendo su utilidad) como instrumento del movimiento obrero para presionar al poder y sentarle a negociar unas mejores condiciones laborales. Sin embargo, en la sociedad actual, los sindicatos no pueden permitirse el lujo de la huelga como único instrumento (aparentemente, ojo) para corregir la deriva de los acontecimientos. Si no se replantean los sindicatos seriamente sus estrategias y su gestión de la comunicación, cada vez lo van a tener más crudo y el capital más fácil para lograr sus intereses (tomando los términos de la economía clásica de capital y trabajo).

La huelga debe dirigirse correctamente contra el poder que no accede a las reivindicaciones justas de los trabajadores. En este sentido, si es en Europa desde donde se han tomado y obligado estas medidas, la huelga habría que hacerla en red todos los sindicatos europeos contra esta Europa, contra estos poderes especulativos, y tratar de utilizar a los gobiernos europeos como correa de transmisión en las reivindicaciones.

Ahora bien, esto es muy complicado porque en primer lugar los Gobiernos están asumiendo como propias estas medidas, y por tanto ponen su cara para las bofetadas, y porque en segundo lugar la estructura político-económica de Europa aún no la tenemos los ciudadanos interiorizada: que si Parlamento Europeo, que si Consejo de la UE, que si Comisión Europea, que si Presidencia (rotativa y permanente), etc. y en consecuencia seguimos entendiendo la política en clave de Estado-Nación con soberanía económica, y no afinamos bien el tiro a la hora de responsabilizar a los poderes. A esto habría que añadir una tercera cuestión: la incapacidad de reinventarse de los sindicatos en las dos o tres últimas décadas.

Si los Gobiernos torpemente asumen como propias estas decisiones, es normal que los sindicatos carguen en España, en Francia o en Alemania contra estos Gobiernos. Ahora bien, si estos mismos Gobiernos, honestamente reconociesen que han sido obligados a tomar estas decisiones, y que formar parte de la Unión Europea consiste en perder gran parte de la soberanía económica, ayudarían a los sindicatos a realizar su labor, y estarían haciendo pedagogía política hacia los ciudadanos y ayudarían a que entendamos mejor las nuevas reglas del juego político y económico con las que llevamos jugando en España desde 1986.

España (como otros muchos países de la Unión, incluidos Francia y Reino Unido) tenía previsto reducir su déficit de aquí a 2016, es decir pagar su crédito en 6 años en lugar de en tres, lo que supone más intereses, pero una cuota más baja, lo que daría más liquidez y permitiría respirar más cómodamente, como ocurriría en una familia. Sin embargo, Europa de repente dice que el crédito hay que devolverlo en tres años sí o sí, y por tanto los países se ven obligados a este aterrizaje forzoso y tienen que recortar donde no lo tenían previsto unos meses antes.

Pongamos el ejemplo de una familia que tenía previsto devolver su préstamo en 10 años, y le obliga su club financiero a devolverlo en 5, y por tanto los gastos mensuales en jamón de york se trasladarán a mortadela o a nada. Cuando algún miembro de la familia le pregunta al miembro que ha sido obligado por el banco o por el club a hacer estos recortes el porqué de esta situación, recibe la respuesta de “no te preocupes, esta decisión la tomo por tu bien, y así nos irá mejor en el futuro”. Como vemos, esta respuesta es la que daría una madre o un padre a un niño que no está preparado para entender estas cosas de adultos. ¿Piensan los Gobiernos europeos, suponiéndolos de buena fe, que somos sociedades infantilizadas? Al menos nos tratan como a tales, y si a un individuo no se le trata y considera como adulto, nunca lo será porque no se enfrenta honestamente a la realidad.

Estas medidas injustas las han decidido unos tecnócratas, pero han puesto de pantalla a unos gobiernos (da igual que sean conservadores o socialdemócratas) que son los que se comen el marrón. Es evidente que estas medidas se han tomado con Zapatero o con Rajoy, con Sarkozy o con Royal. Es un buen truco que ha debilitado la democracia alarmantemente (con el colaboracionismo intencionado o no de los Gobiernos, todo hay que decirlo), porque la gente se da cuenta de que lo que vota no importa a la hora de la verdad

Por consiguiente, las formas y usos del poder se han transformado y perfeccionado, y es por ello que la forma de hacer sindicalismo a la que estábamos acostumbrados ya no funciona, y debemos transformar y perfeccionar las herramientas de presión de los trabajadores. Por ejemplo, si la herramienta del sindicato es simplemente la decimonónica huelga, vamos de culo, porque el poder de verdad, quien ha decidido estas cuestiones, pasa inadvertido y sólo serviría para debilitar al gobierno de turno, y el siguiente gobierno no desgastado y aprovechando la ilusión de los nuevos aires, seguirá siendo un títere del poder real en estos asuntos.

Los sindicatos deben reforzar su rol de grupo de presión (Lobby), y contactar con las fuerzas políticas para que asuman muchas de las propuestas y posiciones de los sindicatos como propias (como hacen muy bien otros grupos de presión como la Iglesia Católica o la CEOE). No quiero decir que los sindicatos no lo intenten, pero su deber es hacerlo mejor. Y hacerlo mejor consiste en que no contacten con los grupos políticos para que simplemente voten en contra de las medidas, sino que adopten una posición proactiva, y que lleven bien estudiadas todo un catálogo de propuestas y alternativas viables, y que generen sólidos canales de comunicación con sus afiliados, quienes se verán representados en ese trabajo y esas propuestas.

Por tradición histórica, los sindicatos tienen más complicado presionar o influir directamente a la derecha, pero trabajar más y mejor la calle y los lugares de trabajo es viable, y la propia calle sí que tendría más posibilidad que el sindicato de influir en la derecha. Esto es lo que se llama lobby de raíz (o grassroot lobbying) y un buen modo de empezarlo sería con la participación de los trabajadores a través de la Red, hacernos ciberactivistas y no sólo pagadores de cuotas. De este modo se estarían creando cauces abiertos de comunicación con el sindicato y al mismo tiempo se vería al sindicato como interlocutor válido frente al gobierno y frente a otros poderes.

Un trabajador igual no va a la huelga porque no quiere perder ese día de sueldo, pero está indignado y estaría dispuesto a manifestar su malestar y a aportar un grano de arena para revertir la situación que considera injusta. Es evidente que los sindicatos están desaprovechando su capacidad movilizadora. Señores, si hay que hacer lobby, hay que hacerlo bien.

Alfonso Cortés González es profesor de Comunicación Política en la Universidad de Málaga

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