Comprender España

Publicado en elplural.com
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En realidad, este título le viene grande al artículo (podría titularse Díez no comprende España), ya que bajo el mismo, se podría escribir un ensayo en lugar de este modesto texto. Sin embargo, creo que es oportuno apuntar algunas ideas al respecto, en respuesta a la postura patriotera que Rosa Díez, diputada de UPyD, ha defendido en el Debate sobre el Estado de la Nación. Lo que ha unido, territorialmente hablando, estas semanas el mundial, lo desatan y echan por la borda personajes políticos de esta altura.

En primer lugar, habría que recordarle a la señora Díez que el Estatuto de Cataluña fue aprobado por una amplia mayoría en el Congreso de los Diputados y en el Parlament (lo que en democracia le otorga toda la legitimidad necesaria) y que además fue sometido a referéndum lo que le da ración doble de este ingrediente vital en política. En este sentido, y apoyándonos en el concepto clásico de Legitimidad en las Ciencias Políticas, se puede incluso afirmar (políticamente, no judicialmente) que este Estatuto, con estas credenciales democráticas, es muchísimo más legítimo, de cara a la ciudadanía, que cualquier fallo judicial venga de quien venga. No se me malinterprete: un Tribunal en democracia es plenamente legítimo y constitucional, pero quiero decir que lo que la gente vota directamente, y votan nuestros representantes tiene ese plus de legitimidad.

En segundo lugar, habría que enseñarle algo de Historia de España a la mencionada diputada por Madrid, para que no diga vaciedades en la Tribuna. En los libros de texto de los colegios e institutos se les enseñaba a los niños (no sé si lo seguirán haciendo, pero me temo que sí y dependerá de la Comunidad) que España nace como nación con los Reyes Católicos, como si en el siglo XV existiese siquiera el concepto contemporáneo de Estado-Nación (concepto surgido en el romanticismo, por cierto). Está claro que en todos los países se tunea la historia para hacer creer a los ciudadanos que tenemos una conexión mística, genética y visionaria con un pasado glorioso. El nuestro obviamente no es una excepción, pero al ser España un país de países, enseñar mal la historia de España a los Españoles traerá (viene trayendo ya desde el siglo XVIII con el primer Borbón y su visión centralista del Estado) consecuencias negativas, que más que fortalecernos y cohesionarnos como país, favorece precisamente el distanciamiento sentimental entre los territorios de la península.

Fijar el inicio de España en la unión matrimonial de Isabel I (de castilla) y Fernando II (de Aragón) es sencillamente una falacia. Durante todo el Reinado de estos católicos reyes (maticemos que el título de Católica Majestad se lo concede el Papa a Fernando) los distintos reinos peninsulares mantuvieron sus instituciones propias, sus propias leyes, y sus propias monedas, símbolos inequívocos del Estado-nación. Esto se mantuvo así durante toda la dinastía de los Austrias, dinastía que además de la península Ibérica controlaba también Milán, Flandes y Borgoña (entre muchísimos más territorios). Tenemos un ejemplo hoy día: aunque Canadá o Australia compartan rey o reina con Inglaterra, no se puede decir que sean el mismo país, sino que son países soberanos e independientes: eso ocurría de algún modo (y salvando las enormes distancias que no caben explicar en profundidad) en la España medieval y moderna.

Por otra parte, el terreno accidentado de la península que no facilita el moverse fácilmente de Andalucía a Navarra (salvo con importantes y modernas infraestructuras y medios de transporte) durante siglos favoreció diferencias subculturales en territorios próximos, y así por ejemplo en Euskadi encontramos distintos dialectos del euskera. Con esto que expongo no quiero negar la existencia de España, que es evidente, sino matizar qué significa España.

Nuestro país es muy rico culturalmente y tiene buenas posibilidades de futuro si hacemos bien las cosas, pero atendiendo a estas cuestiones lo que queda claro es que España no es una, sino muchas. Y esta es una de las grandezas de nuestro país y en sus diferencias está su ventaja competitiva. Por tanto, vamos a aprovechar nuestro equipaje común en la construcción del Estado-Nación, pero sin maniatar los sentimientos de ningún territorio.

Desafortunadamente para el parlamentarismo de España, la señora Rosa Díez tomó ayer en el debate el papel que le corresponde a la ultraderecha (como hace otras veces Rajoy), apoyándose tan sólo en el superficial y ridículo discurso patriótico, dejando de lado todas las cuestiones de gran calado y que realmente nos interesan. Oscar Wilde decía que “el patriotismo es la virtud de los depravados” y Shopenhauer que “todo imbécil execrable, que no tiene en el mundo nada de que pueda enorgullecerse, se refugia en este último recurso, de vanagloriarse de la nación a la que pertenece por casualidad”.

Alfonso Cortés González es profesor de Comunicación Política en la Universidad de Málaga

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