¿es justo acabar así con bin laden?

Artículo publicado en elplural.com
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No sé si se será justo o no (en términos emocionales) el asesinato de Bin Laden, pero el caso es que la justicia no ha intervenido, lo que evidentemente no lo hace justo desde el punto de vista jurídico y legal.

Mucha gente defiende que acabar con Bin Laden del modo que se ha hecho es mejor porque en todo caso, cualquier tribunal, lo hubiese condenado a muerte. Y total, si lo que importa es el fin, qué más dan las formas, qué más da asesinato que ajusticiamiento (recomiendo leer la definición de asesinar y de ajusticiar en el DRAE).

Este planteamiento, digamos que pueril,  no es aceptable porque no sirve para aplicar su lógica a casi ninguna de las disputas humanas: ¿que me han robado el coche? Como no es justo que me quede sin vehículo, pues robo otro. ¿Que el dueño de ese coche me pilla? Pues me revienta la cabeza y santas pascuas (ya le pillaré yo en otro momento y le meteré un tiro) ¿para qué meter a la puñetera justicia en nuestras vidas? Este argumento que no lleva más allá del desmembramiento social y del sin sentido, sólo puede ser defendido por tres tipos de personas: los iletrados, los niños, o los ideólogos de una nueva corriente ácrata que busca la desocialización del ser humano.

A pesar de que estoy escribiendo estas líneas, este asesinato no me coge por sorpresa. Todos los años les hablo a mis estudiantes de que existen las cloacas de los estados (que valoran lo viable independientemente de su legalidad), y que no es nuevo que las democracias no siempre usen el juego limpio. La diferencia, en este sentido, con otros regímenes políticos, es que las dictaduras, por ejemplo, nunca juegan limpio, y las democracias muchas veces sí.

Por ello, entendemos que la Democracia no es algo que se tenga, sino que es un ideal a perseguir, y que hacer democracia consiste en exigir y reivindicar los derechos y la justicia a diario, sin excepciones. Las excepciones son evidentemente soplos de totalitarismo, que hacen sentirse mejor a ese pequeño o gran dictador que casi todo el mundo tiene ancestralmente escondido.

¿Qué ha llevado a comportarse así a una de las primeras democracias del planeta? Mucha gente cree que a los EE.UU. le ha movido su sed de venganza y que han ejecutado a Bin Laden en caliente. Nada más lejos de la realidad. Los estados casi nunca actúan en caliente, y menos a los diez años de un acontecimiento. Lo que ha hecho EE.UU. es observar la partida y usar la tarjeta de hechos consumados en su turno.

Se podría haber apresado al líder de Al-Qaeda, eso es evidente, pero ¿qué se hace con él mientras se celebra el juicio? ¿Dónde se le juzga, en La Haya o en Washington? ¿qué hacer con todas las posibles manifestaciones en África y Asia pidiendo la liberación del saudí? (hay que apuntar que a EE.UU. ya no le interesa Europa sino Asia). Esta política de hechos consumados limita además las posibles maniobras de los demás actores políticos en el terreno de juego y proporciona a los EE.UU. una imagen de potencia indiscutible bajo el mensaje de “quien me toca, con la ley o sin ella, es hombre muerto”. En este sentido, desde el punto de vista estratégico, este asesinato puede ser muy conveniente, sin embargo, ética y jurídicamente no es nada recomendable.

Tampoco es aconsejable desde la pedagogía social de los actos políticos, ya que este suceso es un claro ejemplo a los ciudadanos de que saltarse la legalidad y los derechos funciona, que da popularidad al político y que mucha gente aplaude. No quiero decir que esto lleve al fascismo, pero sí que el germen de todo régimen totalitario ha sido la aspiración de acabar por la fuerza con algo que mucha gente consideraba un problema con el beneplácito de entusiasmados palmeros.

Por otro lado, la necesaria (estratégicamente hablando) publicidad que se ha hecho de este acontecimiento por parte de la administración estadounidense, tiene el efecto colateral de inocular la creciente sospecha de que los estados no son realmente escrupulosos en el respeto de los derechos de las personas, y que si es necesario van a emplear los atajos y triquiñuelas que necesiten para lograr sus objetivos (aunque sean justos).

En conclusión, no considero nada pertinente preguntarnos sobre si el mundo es más o menos seguro después de la eliminación de Bin Laden, puesto que la respuesta es evidente: el mundo sigue igual. Sin embargo, creo que es muy necesario que todos reflexionemos sobre la clásica relación entre lo justo y lo legal (ya que no siempre lo legal es justo, ni todo lo justo es legal), y que nos preguntemos si esta manera de acabar con Bin Laden fortalece o debilita nuestra confianza en la Democracia y en la posibilidad real de aspirar a un mundo diferente y mejor. Para mí, ese es el quid de la cuestión.

Alfonso Cortés González es profesor de Comunicación Política y Sociedad en la Universidad de Málaga.
www.alfonsocortes.com

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